¿Qué pasaría si realmente todos los mexicanos renunciáramos a nuestra voluntad individual para otorgarle todo el poder al contrato social llamado Constitución?

En primera instancia, entendemos por Constitución, un acuerdo de reglas de convivencia, es decir, una forma de pacto político y social. Se llama así porque integra, establece, organiza, constituye las normas que rigen a la sociedad de un país y al mismo tiempo contiene principios, así como objetivos de la nación. Establece la existencia de órganos de autoridad, sus facultades y limitaciones, al igual que los derechos de los individuos y las vías para hacerlos efectivos.

Así la Constitución es un medio jurídico-político, que permite la organización, establecimiento y validación de derechos, obligaciones y normas para poder convivir en sociedad de manera respetuosa al igual que «ordenada», otorgando a cada individuo ciertas razones (por mencionar algunas):

Derechos humanos.
Derechos fundamentales.
Garantías individuales.

Planteado lo anterior, desde mi criterio, una de las primeras consecuencias de acatar por completo y sin oportunidad de interpretar, o cuestionar todas las normas de la Constitución instauraría una «paz», pero no del tipo en donde es elegida u abogada. Sería una paz unificadora en todos los aspectos: costumbres, religión, educación familiar, preferencias sexuales, nula expresión personal, entre otros. Esto sin duda, podría sonar ideal desde ciertos puntos de vista, si pudiéramos captar todas las normas, la corrupción y la criminalidad disminuirían significativamente, lo cual sería bastante positivo. Sin embargo, al renunciar a nuestra voluntad individual, nos veríamos obligados a seguir el marco de normas sin opción de crecimiento u expresión personal.

Por otra parte, la falta de expresión personal y divergencia podría acarrear consecuencias negativas en áreas como el arte, iniciativas empresariales, la creatividad o actividades ligadas con la autonomía y libertad de expresión. Al mismo tiempo, las personas nos veríamos envueltas en una colectivización de voluntad extrema, en donde sólo acataríamos órdenes sin cuestionar los fines o razones. Dicha situación también afectaría a las mismas normas, pues permanecerían estáticas sin renovación, provocando un estancamiento en aspectos como: ciencia, educación, política, etc., lo que generaría una repetición más que una evolución.

Para finalizar, la obediencia total a las normas podría beneficiar al cumplimiento de ellas y por consiguiente, la eficiencia en las instituciones sería ideal, puesto que nadie las cuestionaría o pretendería oponerse a ellas. Las decisiones políticas y gubernamentales serían acatadas sin resistencia o duda. No obstante, la sociedad se vería más vulnerable a sufrir un abuso de poder por parte de sus gobernantes, los cuales podrían aprovecharse de las mismas normas para imponer sus ideales, amparados de su desempeño político, jurídico o administrativo.

En conclusión, un panorama donde todos renunciáramos a nuestra voluntad podría tener consecuencias negativas y positivas, además no existiría un equilibrio adecuado donde hubiera retroalimentación o mejora en las normas, esto nos afectaría como sociedad y en gran medida, nos estancaríamos en una colectivización extrema donde se abusaría del poder. Las expresiones personales al igual que la libertad, son indispensables para crear una sociedad en la que la mejora y renovación sean pilares para el mantenimiento de las normas. Sin la evolución necesaria, las normas dejarían de ser validas ya que no cubrirían las necesidades de la sociedad. De esta forma, la importancia de la voluntad y expresión es indiscutible. Contrastar, cuestionar, reformar y actualizar las normas, es totalmente necesario y esto sólo es posible cuando vemos más allá, de preguntarnos, ¿esta norma es realmente aplicable en nuestro contexto histórico actual?, ¿esta norma me beneficia o me perjudica?, ¿esta norma me permite expresarme o me limita?

Ejemplo:

En las escuelas religiosas tienen costumbres y doctrinas. Tal así que, rezar, dar ofrendas, celebrar fechas u realizar ceremonias sagradas que consagren al niño como parte de la religión, pueden adoptar un carácter extremista sin una adecuada regulación y atención. Acatar esta cultura es esencial para mantener unidad al igual que orden en las escuelas.

Desde mi experiencia estudiando durante 12 años en instituciones religiosas, puedo decir que no se aplica un totalitarismo estricto, ya que no hay prohibiciones explícitas en pertenecer a otra religión u optar por el ateísmo. Sin embargo, el peso social que genera no seguir la religión predominante es fuerte, lo que a menudo lleva a la marginación o exclusión. Los maestros enseñan «sutilmente» que las demás religiones son aberraciones o no son gratas y esto crea en la mente de un niño un paradigma donde rechaza principios distintos a los religiosos, lo que resulta negativo a nivel social, personal, educativo, económico y laboral, e impide la evolución orgánica.

Si el totalitarismo predominara en este tipo de instituciones, impactaría negativamente a los estudiantes. Al concebir prejuicios y principios religiosos incuestionables, se verían limitados a tomar decisiones propias, relacionarse con personas diversas, desempeñarse en diferentes ámbitos laborales, entre otros. Su panorama mental estaría regido estrictamente por la religión, lo que ocasionaría una falta de desarrollo en aspectos como: libertad de expresión, libertad sexual, crecimiento personal, etc.

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